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Sobre “Se murió con el secreto”

Hace muchos años, una tarde de invierno, visité a un amigo que vivía con su abuela en una de las casas más antiguas de nuestro barrio. Como otras veces pasé a buscarlo y su abuela me recibió con una visible molestia por interrumpir sus telenovelas. Pero en esa ocasión algo había cambiado: la puerta del cuarto de mi amigo estaba cerrada. La señora me conminó a que lo aguardara, al tiempo que dejaba en mis manos un mate tibio, capaz de doblegar los paladares menos exigentes. Lamenté mi situación, que no podía ser peor, y empecé a planificar la retirada, que llevaría a cabo luego de la cortés ingesta del tercer mate cebado por la abuela. Sin embargo, una historia fabulosa, brotada casi sin querer de los agrietados labios de la señora, desbarató mis planes. De todo esto trata “Se murió con el secreto”, tercer cuento de Micaela Moon y otras tentativas. También de un ineficaz y tardío agradecimiento.

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Sobre “El dueño de la pelota”

Escribí “El dueño de la pelota” –segundo cuento de Micaela Moon y otras tentativas– para la diaria, hace ya algunos años. Esa primera versión, bastante rústica y apurada, pasó por el filtro de la depuración hace unos meses, cuando decidí conformar un conjunto de textos que rodearan o sostuvieran a la persistente Micaela Moon. La idea de recuperar sucesos ocurridos en mi adolescencia, especialmente vinculados a la amistad, el fútbol y la violencia se consagra de forma aceptable en este texto. Por otra parte, la inclusión de un forastero que sufre los avatares propios de su condición, responde a una de mis obsesiones recurrentes. Una más.

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Sobre “Paraná”

“Paraná”, el primer cuento de Micaela Moon y otras tentativas, fue escrito para una antología rosarina que finalmente se vio frustrada. Es la historia de Richard Santana, un escritor uruguayo que acepta una invitación para dar unos talleres en la ciudad de Rosario. Su viaje no es más que una excusa para tomar distancia de un hecho bochornoso ocurrido en su pasado reciente, acaso redimirse, o simplemente barajar de nuevo:

“Se paseó por la ciudad dispuesto a seguir el rumbo que cada esquina le dictara. Sabía que volvería una vez más al Paraná. Recorrió algunos sitios emblemáticos, se fijó en el andar de los rosarinos y trató de justificar analogías con los montevideanos. El tiempo corría distinto porque era la penúltima jornada. Las dos semanas se habían diluido en el malestar de la incertidumbre. Todo resultó trabajoso con esa cruz a cuestas, lo más difícil fue depender de la buena fe de otros para obtener la paz”.

[Micaela Moon y otras tentativas, disponible en su librería amiga]

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Sobre el nacimiento de un poema

Hace muchos años, en una tarde bestialmente lluviosa, me encontraba viajando en un ómnibus hacia el Centro. Probablemente salía de lo que, entonces, era mi primer trabajo y rumbeaba para el taller de escritura de A, cuestión que me ponía especialmente receptivo. En un punto del trayecto, el semáforo en rojo nos detuvo y pude asistir, desde mi llorosa ventana, a un espectáculo fugaz, tan inesperado como sencillo: un niño sonreía tras los ventanales de un edificio, divertido quizás por el ridículo frenetismo de los peatones que huían de las ráfagas de lluvia. Yo iba de pie, pero mi necesidad de capturar el momento para utilizarlo como material de escritura era poderosa. Tomé el celular y escribí la idea: dos perspectivas de la lluvia, los niños y los hombres. La idea germinó, y pronto tuve entre mis manos un poema titulado “Mar descascarado”. Fue el primero que publiqué en mi vida (en El Paso, Texas), y en torno a él creció mi primer libro: Arca de aserrín. Doce años atrás.