Esta noche Silvio Rodríguez vuelve a tocar en Montevideo. Aprovecho la ocasión para compartir con ustedes un texto que escribí hace unos cuantos años, sobre mi primer recuerdo ligado a su música.
No recuerdo el año, aunque podría averiguarlo. Yo sería un preadolescente, si esa categoría aún existe o significa algo. El lugar lo veo con claridad: era la casa de mis abuelos, en Avenida Italia y Paulina Luisi.
De esa casa recuerdo varias cosas, pero hay dos que son muy importantes: el pan y las hormigas.
Mi abuela hacía un pan casero delicioso que comíamos con voracidad. En parte porque, como dije, era delicioso; pero también porque no se podía dejar a la intemperie: inmediatamente se llenaba de hormigas que lo pintaban totalmente de negro.
Recuerdo a mi abuela sosteniendo el pan con la punta de los dedos, como si fuera Tetis retirando a Aquiles de la laguna Estigia. El pan había salido de la bolsa enchumbado de hormigas, y mi abuela lo dejó en la vereda para los valientes (o hambrientos) perros que se animaran a comerlo luego de unas convenientes sacudidas.
No sabíamos de dónde venía esa infinidad de hormigas negras. De noche me gustaba pensar que tenían un gigantesco hormiguero debajo de la casa y que, un día, después de muchos años, la casa entera sería devorada. Eso nunca ocurrió.
Lo que sí ocurrió una noche es lo que sigue. Mi hermana mayor —que vivía con mis abuelos— me dijo que, para dormir, iba a poner un disco de un cantante que le gustaba. El sonido de los autos de Avenida Italia era insoportable, así que me pareció buena idea que sonara algo de música. Era el disco Canciones urgentes, de Silvio Rodríguez.
Recuerdo que pensé que Silvio se parecía a Gustavo Trelles en esa tapa traslúcida y azulada. Empezó a sonar “Sueño de una noche de verano”. Yo era muy chico y, en su momento, lo único que me impresionó fue la amenaza contenida en un tramo de la canción: “si capturo al culpable de tanto desastre, lo va a lamentar”.
Mi hermana ya estaba fascinada por Silvio. Empecé a dormirme arrullado por las melodías y por el rugido de los coches, que era ahora tan esporádico como potente. De pronto, mi hermana coreó a dúo con Silvio: “una tempestad de comején”. Quise saber qué era comején. Mi hermana dijo que creía que eran termitas o algún otro tipo de insectos habituales en la tierra de Silvio.
Yo me quedé pensando en una tempestad de hormigas, negras y voladoras, que se escondían debajo del piso de la casa y que, apenas apagada la luz, caminarían por nuestras espaldas. Luego de eso, me quedé dormido.