Traducidos al inglés por Jona Colson, The Mid-Atlantic Review
Un nuevo libro. Una novedosa pieza que intenta hacerse lugar en el puzle de mi obra. Aquí se los presento, con la alegría inédita de su amanecer, y con la ilusión inquieta por su mañana.
Agradezco:
A Ediciones del Demiurgo por la belleza recurrente.
A Fabián Muniz por mezclar sagacidad y exactitud en la contratapa.
A Camila Gil por ilustrar lo que (yo) soñaba.

Presentación llevada a cabo el 13 de octubre en la Biblioteca Morosoli.

Me quedé muy contento y aliviado con la presentación de Prosperidad. Contento por lo vivido, por los increíbles momentos que se suscitaron en esa noche magnífica y en ese sitio entrañable que es la Biblioteca Morosoli. Aliviado, no por las tensiones que acumula toda presentación, sino por su tardanza, por los meses que demoré en asumir que el libro debía ser llevado (y celebrado) ante su público.
Quiero agradecer a toda la gente que se arrimó: a mi amada familia; a los vecinos (de mi barrio y de la biblioteca); a los amigos de siempre (que toleraron con estoicismo verse reflejados en la obra) y a los de ahora, con quienes comparto cada uno de mis textos y mis días. Agradecer al escritor Rafael Massa por una presentación de lujo en la que no quiso dejar nada librado al azar; al cantautor Fabián Laguna que tendió un armónico puente entre sus bellas canciones y mis textos; a la Morosoli, por convertirse en un hogar provisorio y fascinante; a Yazmín Márquez por su gestión diligente en todos esos asuntos que a mí me resultan pesadillescos; y a la editorial que dio cobijo a mi trabajo.
El libro (que era mío) sigue su rumbo, así como las calles de Villa Prosperidad, ajenas a mis huellas, siguen siendo transitadas. He aquí una nueva invitación.
Finalmente, Prosperidad tiene fecha para su celebración. Los espero -muy bien acompañado- en la Biblioteca Morosoli.

Reseña para Brecha del libro de Amélie Nothomb.

Reseña para Brecha del libro de Mauricio Rodríguez.

La inminente llegada de la escritora española Micaela Moon transforma el solitario universo de un frustrado poeta local; el arribo de un joven brasilero desata lo imprevisible en un cuadro de fútbol de barrio; un escritor intenta ahuyentar su pasado dictando unos talleres en una prestigiosa Bienal rosarina; un inmigrante venezolano descubre lo terrible que es despertar mañana en otra parte; y una visita fallida revela que, a veces, las historias más vivas son aquellas que se llevan a la tumba.
Estos son los argumentos de Micaela Moon y otras tentativas, un conjunto de cinco relatos escritos por Miguel Avero, de manera intermitente, durante una década (2011 a 2021). En este libro el autor reflota uno de sus textos más leídos, al tiempo que discurre sobre temas imperecederos como el periplo de la extranjería, las obsesiones destructivas y el poder ilimitado de la fantasía.
Reseña para Brecha del libro de Carlos Rehermann.
He comentado en diversas ocasiones que Micaela Moon es, sin lugar a dudas, el texto más leído de toda mi producción. No se trata de una virtud específica de la obra, sino de la ferviente y generosa voluntad de algunos profesores amigos que se han encargado de difundirlo (y estudiarlo) en las clases de secundaria. Podría compartir aquí algunas afirmaciones al respecto, pero prefiero dejarles, por el contrario, una serie de preguntas incisivas elaboradas por el siempre curioso (y agudo) Juan Pablo Moresco:
“¿Es el narrador un poeta anónimo que se disfraza a través de un alter ego para trascender su propia soledad, su miedo? ¿Es la lluvia el telón de fondo del sueño, el velo que disfraza la realidad y la trasmuta? ¿El narrador es Micaela Moon, la máscara de un poeta maldito? ¿Es Micaela Moon la hermana menor de Vincent Moon, la parte ignorada de un alma escindida por el miedo y la contradicción de la naturaleza humana?”

Había llegado a Montevideo en el mes de julio, llovía con intensidad sobre el Aeropuerto Internacional de Carrasco y sintió —cuando puso los pies en la tierra— que el Uruguay era de un gris agresivo, limpio y sustancialmente triste. Viajó en silencio en la parte trasera de un taxi, no por antipatía, sino porque la mampara le parecía una interferencia infranqueable. El camino le mostró el perfil más bello de la ciudad, la rambla montevideana que no lucía sus mejores galas debido a la tormenta que golpeaba con fuerza toda la costa del Río de la Plata. Llevaba las indicaciones de Daniel en el celular, y el taxi lo dejó en la puerta de la pensión de la calle Misiones. Revisó la cama ruinosa antes de dejarse caer en ella y mirar el techo durante una veintena de minutos. La lluvia se escuchaba con una claridad sorprendente y se levantó para verificar que no se estuviera inundando la habitación. El sonido provenía de un pequeño patio interior, inaccesible pero observable desde la ventanita con barrotes. Las rejas de los vecinos dibujaban un lacrimoso recorrido de óxido en las paredes centenarias y el frío se colaba por las destartaladas tablas del piso. No durmió esa noche porque los sueños no se podían materializar en el frío. De pronto un escenario empezaba a configurarse, pero un miedo aterrador lo destrozaba a manotazos. Se sentaba en la cama sabiendo que el abrigo era corto y la noche larguísima.

