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Ediciones del Demiurgo

Obras

Diario discurrir

Un nuevo libro. Una novedosa pieza que intenta hacerse lugar en el puzle de mi obra. Aquí se los presento, con la alegría inédita de su amanecer, y con la ilusión inquieta por su mañana.

Agradezco:

A Ediciones del Demiurgo por la belleza recurrente.

A Fabián Muniz por mezclar sagacidad y exactitud en la contratapa.

A Camila Gil por ilustrar lo que (yo) soñaba.

Obras

Arca de aserrín (Ed.Con., 2021)




“Nunca lo vi gritar. Siempre me impresionó su boca abombillada, con un bigote como friso, dejando caer palabras a la sordina, cual ventrílocuo inspirado. Usa un volumen bajo pero punzante; creo que la palabra es certero. Los vocablos que emplea no son casuales: suelen constituir metáforas, ironías o simpáticos circunloquios. No habla por hablar. Tampoco escribe por escribir.

En el caso de este libro, es notorio el motivo de la lluvia como recurrencia estética. La lluvia: ese momento en el que se ve con nuevos ojos la realidad: paisaje conocido que, al mojarse, se altera. De poema en poema esas gotas atemperan toda estridencia e imponen una lectura calma, con especial detención en los finales, que son casi haikus (prefigurando la exploración que el autor hará unos años después).

Este libro, que es arca y también aserrín, vale por sus poemas y por sus versos, por su lluvia y sus gotas. Lo no visto se descubre, lo ya visto se resignifica, lo ausente se rememora en estos textos que recomiendo leer en voz alta; no muy alta, a lo Miguel.”

Camilo Baráibar

Reseñas van

Sobre “Descifrar la niebla”

Palabras de presentación al libro de Juan Manuel Martínez

Por Miguel Avero

Descifrar la niebla (Ediciones del Demiurgo, 2020) es el trazo casi invisible de un recorrido fugaz –en apariencia- pero implacablemente profundo, con alusiones míticas y un anhelo casi secreto de redención. Animado por el tópico del viaje, Juan Manuel Martínez pone de pie un yo lírico (de ahora en más personaje) y lo lanza al afuera, “a terrenos que no son de fiar” (Santiago Pereira dixit), armado con sus vulnerabilidades y sus dudas, especie de carne de cañón en un entorno de acentuada hostilidad.

El paisaje de la ciudad sumergida en la niebla impide entender la caminata con naturalidad, es decir, no se trata de un caminar prosaico sino de un constante arriesgar el paso, la percepción del uno (personaje) está resentida pero también la percepción del todo cuyas apariciones son intempestivas, violentas y desestabilizadoras.

En un antiquísimo y canónico poema, el místico San Juan de la Cruz sugiere que uno debe seguir una senda oscura, en la que no hay saber alguno. Curiosamente, es en estas condiciones que inicia el viaje el protagonista de Descifrar la niebla y por eso es atinado partir del mundo de la infancia o con una alusión a ese mundo:

“Cuento hasta cien y salgo”

El poemario se abre con esta fórmula que nos recuerda el juego de las escondidas. Es un empezar de cero o un retroceder a los inicios, a la pureza original. Única forma de salir cuando es la ciudad la que se ha escondido.

“La ciudad quedó ciega” expresa un categórico verso, pero intuimos también que la ciudad quedó agazapada tras los bancos de niebla y nos preguntamos, creo que de forma atinada, si la niebla y la ciudad no son también dos personajes que se entremezclan fomentando el solitario desamparo del caminante.

Ante el desmantelamiento visual, es preciso acudir a los otros sentidos y potenciarlos. Un resabio del ambiente infernal dantesco parece aflorar aunque aquí los sonidos también parecen estar suspendidos y entonces el tacto prevalece como elemento de salvación. Es interesante, por otra parte, cierta subversión que propone el texto: la ceguera, que en los griegos se asociaba a la predicción y la profecía, es decir al futuro; aquí, en Descifrar la niebla, es un mecanismo impulsor de la memoria, es decir, del pasado: “tengo que afinar la memoria para no perderme”.

Todo es difuso, el tiempo y las distancias. La niebla lo puebla todo y detrás de ella solo existe su continuidad:

“si el terror se identificara/ si la niebla tuviera otros colores/ si al menos/ viniera/ una figura definida/ a comerme las entrañas/ a devorarme los pensamientos/ a sacarme de la duda”

El fantasma de Descifrar la niebla está hecho de incertidumbre. El terror hace pie en la imaginación, allí erige una auténtica catedral de espanto o se difumina sin más. El problema no es el terror, el problema es la imaginación alimentada por la incertidumbre.

Se desconfía de la niebla y se desconfía de la percepción inteligente que se hace de ella. Acaso sean una misma cosa, el pensamiento poblado de nebulosas, el adentro y el afuera entendidos como una continuidad. Acaso la mente tampoco sea un terreno de fiar. Ante tantas dudas, es preciso explorar alternativas:

“más allá de mis manos no veo nada/ encuentro algo en el bolsillo:/ es un objeto pesado, podría sonar estridente/ si chocara con fuerza contra algo firme”

Ahora lo auditivo deja de estar suspendido: seguir el sonido es quizás la única forma de esbozar un diagrama del mundo.

Una larga serie de poemas es atravesada por la pulsión de muerte: cenizas, suicidio, la palabra repetida como un penoso cántico. Saturado por este ambiente opresivo, el caminante se reconoce como “esclavo de mis deseos” es decir, siguiendo una perspectiva budista, retenido en un perpetuo sufrimiento.

La primera secuencia termina con un par de versos enteramente sugestivos:

“Lo mínimo que espero/ es un milagro”

Decía Heidegger –en las tinieblas del pasado siglo- que solo un Dios puede salvarnos y que el papel del filósofo es el de preparar el espacio para ese advenimiento, un espacio para el arribo de Dios. El milagro, en el texto del poeta Juan Manuel Martínez, es la dispersión de la niebla, dispersión que depende de algo inédito, una mano divina que la espante como si fuera el humo de un cigarrillo.

Al comienzo del segundo capítulo la niebla empieza a disiparse. No en vano surge la palabra, que es origen, inicio, punto de partida, inauguración de la creación. La palabra original, mítica y sagrada:

“Abro los ojos, el mundo es compacto”

Nuevo, recién creado, “ahora que el mundo está recién pintado” dice cierta canción. El es y el ahora son de vital importancia y el protagonista lo sabe:

“todavía no pienso en lo que sigue/ y antes de que el tiempo/ me reintegre a mi camino/ entiendo que estoy/ ahora”

Si la infelicidad radica en la mezcla constante de temporalidades, solo se es feliz ahora, en este instante que cuando lo pensamos, ya se ha ido. Y se ha ido desde el momento en que atisbamos un final, el andar y la búsqueda, incluso el arrastrarse entre la niebla posee una intensidad que es imposible de hallar en la llegada, en la conclusión.

De esta forma, el poema XVI es el reencuentro con la mediocridad, el tedio y el sin sentido:

“los colores siguen estando/ pero observo con dolor/ su estancamiento”

y más adelante:

“Nada brilla/ todo es/ tal como es”

Da la impresión de que hemos asistido a un milagro inconcluso, fallido.

El poema XVII es un nostoi, un poema de regreso. El más terrible de todos los regresos. El de la abrumadora realidad, la existencia mediocre aguardándonos con su paisaje nefastamente conocido. La anulación de la incertidumbre, la palabra muda, es decir, la que no es capaz de crear; apenas un eco en el lento abismo de los días.

Miguel Avero, 2020.

Obras

Haiku mate (2020)

“La métrica del haiku no es la natural de nuestro idioma, copioso en octosílabos en las milongas y en las payadas. Sin embargo, cuando leí por primera vez el libro de Miguel Avero y de Leonardo de León, percibí que la dificultad aparente de la composición, el obstáculo que puede representar esa distancia musical, se diluyó en una amalgama única en la que es imposible reconocer dónde termina una voz y comienza la otra. Aquí no hay colores ni trebejos, sino palabras rescatando del vacío a las hojas, avanzando por los múltiples ámbitos del significado.” – Andrea Arismendi Miraballes (prólogo de la obra).