Escribí “El dueño de la pelota” –segundo cuento de Micaela Moon y otras tentativas– para la diaria, hace ya algunos años. Esa primera versión, bastante rústica y apurada, pasó por el filtro de la depuración hace unos meses, cuando decidí conformar un conjunto de textos que rodearan o sostuvieran a la persistente Micaela Moon. La idea de recuperar sucesos ocurridos en mi adolescencia, especialmente vinculados a la amistad, el fútbol y la violencia se consagra de forma aceptable en este texto. Por otra parte, la inclusión de un forastero que sufre los avatares propios de su condición, responde a una de mis obsesiones recurrentes. Una más.




